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Capítulo II
El Zapallar :  Capítulo II
 
Entre los primeros pobladores que llegaron a El Zapallar por vía terrestre figuran Don Domingo Pentenero y su familia, compuesta en ese entonces por su señora y sus tres hijos.
La primera ubicación de esta familia no fue precisamente en el lugar en que hoy está El Zapallar, sino en las cercanías de Selva de Río de Oro, al lado de una laguna que aún hoy conserva su nombre, esto es laguna Pentenero y que se verificó en el año 1905.
Cuenta la señora Pentenero, que en esa época circulaban leyendas y se decía que los indios del lugar eran salvajes y muy taimados, que asaltaban y mataban a los colonos indefensos por el solo placer que esto le proporcionaba, hasta que un acontecimiento inesperado vino a sacarla de este error, llevándose consigo el temor constante en que vivía. Hacía muy poco tiempo que había nacido uno de sus hijos, cuando su esposo debió alejarse del almacencito que a la sazón tenían, con el objeto de completar las proveedurías, que se habían agotado. Sola con sus hijos pequeños, sin más compañía que la umbría majestad de la selva, los aullidos lejanos y los gritos estridentes, prolongados y monótonos de los monos, que se colaban a través del ranchito desvencijado por las inclemencias de una época tormentosa no lejana y que no se habían podido reparar; impresionaban su mente intranquila, cuando siente que se acerca un contingente numeroso de indios. Cierra la puerta apresuradamente, esconde a sus hijos más pequeños mientras los dos mayorcitos huyen al monte por el lado opuesto y se tiran al suelo escondidos por altos “tacuruces”. Transcurren varios minutos, que a la buena mujer parecen siglos. Pasan cien, doscientos, trescientos indios, observan el ranchito, gritan algunos, tres o cuatro golpean la puerta, nadie responde... nuevos gritos y de pronto, una orden estentórea, gutural y prolongada ordena continuar la marcha. Los indígenas no habían intentado asaltar el rancho, cuya puerta no hubiera resistido el empuje de uno solo de ellos; en su interior arrodillada junto al crucifijo, reza agradecida doña Ángela Pentenero.
Transcurre el año 1906 y a principios de 1907, la familia Pentenero se siente asilada; está lejos de Resistencia y muy lejos de Presidencia Roca; acercarse a Resistencia sería retroceder, el camino es conocido pero no ofrece perspectivas, acercarse a Roca es ir a lo desconocido y aún cuando representan la vanguardia de la colonización esperan encontrar a alguien que los haya precedido en la vasta soledad chaqueña, para asociarse o vivir en compañía, constituyendo un pequeño centro poblado.
Por ese entonces se enteran que a unas diez leguas al norte de donde ellos se encuentran se realizará una mensura. Se dice que se darán de 100 a 200 hectáreas a cada familia, no esperan más y parten llevando un bagaje renovado de esperanzas e ilusiones. En la laguna El Tigre, conocen al bondadoso cacique Baratillo, quien se encariña con uno de los pibes Pentenero. Saben a su llegada, de otros colonos que hay en las inmediaciones y deciden fijar ahí no más su casita. Al poco tiempo se hacen grandes amigos de los naturales de la comarca, a éstos les gusta el pan y en cambio de éste obsequian pieles, carne, etc.
La caza es abundante y la tierra produce inmejorablemente; no en vano la indiada del cacique Baratillo, ha sentado sus reales en los márgenes de “El Tigre”.
El muchachito Pentenero hace vida común con los indios, también el se ha encariñado con el cacique; trabaja y se divierte con ellos, ha aprendido la lengua indígena y es un verdadero intérprete de estos.
La vida en común trae consigo el conocimiento mutuo, las costumbres, pasiones y ambiciones de unos y otros. Los tobas no guardaban prevención alguna a los blancos, muestran su “organización social” en cuanta oportunidad se presenta quizás con el ánimo de agasajarlos. Para tal día se prepara la cura de los distintos enfermos de la tribu, como se verá el médico hechicero solo posee un remedio, pero que ejecutado por el es infalible, son invitados de honor los pocos blancos de la colonia.
Como si casi todos los ritos o fiestas de las distintas razas aborígenes de América, los indígenas de El Zapallar, forman una rueda en círculo, un poco más adentro los enfermos forman dos semicírculos, en el centro la hoguera reservada para las consultas del mago y rodeado a este las mujeres más bellas de la tribu llevan atados en los tobillos sendos cascabeles y van ataviadas y pintadas con vistosos colores. Cantan una canción triste y monótona, con gritos guturales e imprevistos y acompañados de la danza más grotesca que la imaginación puede concebir. De tanto en tanto el médico mago con ademán imperioso hace cesar el canto, se acerca a un enfermo, lo toma de un brazo y lo lleva a dos metros escasos de la hoguera, grita enfurecido, a veces parece que llora o suplica, finalmente aplica sus labios en las heridas y succiona la sangre, escupe y ordena que siga la danza y la canción de las mujeres, mientras lleva al herido al lugar que ocupaba; las danzarinas se arrastran por el suelo y se acercan a besar las manos del brujo quién ha concluido a operación consistente en alejar los espíritus del mal del enfermo. Sigue el procedimiento con otro enfermo y así pasan las horas con este único remedio, que debe ser muy eficaz para ellos, pues a pocos días andan sanos y buenos, tal vez intervenga mucho la sugestión, auque es muy posible que el milagro de la cura tenga por motivo el miedo, pues si a los tres días de la ceremonia no se ha demostrado franca mejoría quiere decir que el espíritu del mal no se irá jamás, entonces, para que el paciente no sufra es necesario matarlo, claro está que casi nunca se llega a ese extremo, pues el enfermo se las arregla para mejorar de inmediato.
En la vida diaria no se ve a los indios pintados, esto parece ser un lujo reservado para las grandes ceremonias o acontecimientos. Así por ejemplo un indio desea en matrimonio a una doncella de la tribu, pues bien, el día de la boda, ambos contrayentes se pintan el cuerpo y los rostros, el novio lleva a su futura esposa al domicilio que habitarán en los sucesivo y los amigos del contrayente danzan toda la noche alrededor de la choza, siempre acompañados de sus gritos habituales y estridentes.
Si el novio no tiene amigos, deben bailar las amigas de la novia y si resultara que esta tampoco las tuviera deben abandonar los dos la tribu y retornar solo cuando hayan tenido un hijo.
Otra cosa curiosa de estos indígenas era el tratamiento que proporcionaban a los muertos. Cuando moría uno de ellos lo llevaban a unos kilómetros del campamento y lo dejaban abandonado sin más trámites y ceremonias que unas cuantas hojas de palma que le colocaban encima de la cara, eso si, jamás se olvidaban de dejarle el licor que ellos preparaban y una buena cantidad de cigarros para sus “vicios”.
El contacto con los blancos trajo aparejado varios cambios entre las costumbres, modalidades y creencias de los indígenas. Un episodio no exento de gracia demuestra claramente la evolución que se estaba gestando. Un alto jefe de los tobas decidió bautizar y poner un nombre cristiano a uno de sus hijos; para ello consultó a la señora Pentenero, quien le indicó el nombre Pedro como el más apropiado.
Pero he aquí que otro de los hijos de este dignatario, quiso también llamarse como su hermano. Ante este dilema vuelven a la casa de la señora Pentenero y solicitan que esta lo resuelva. Poco trabajo costó el arbitrar tan engorroso asunto, pues se solucionó llamando Pedro Largo al más alto de los indiecitos y Pedro Corto al más pequeño, lo malo es que el llamado Pedro Largo no creció gran cosa, mientras que el hermano “El Corto”, aumentó enormemente de estatura, dejándola mal parada a la que los había provisto de tan original apelativo.
El carácter del indio fue siempre sumiso y bueno, excepción hecha en caso de que recibiera una ofensa o creyera que se lo había engañado; entonces no descansaba hasta vengarse y tarde o temprano se cobraba su deuda de honor. Los Pentenero siempre se llevaron bien con los indios, jamás discutieron, ni estos pedían lo que consideraban injusto, ni ellos se aprovechaban de su ignorancia o su bondad.
Indiscutiblemente otro de los primeros pobladores de la zona es Don Fernando Carrasco, quien en compañía de Plácido Alonso y Don Manuel Martínez, llegaron a la comarca del cacique Baratillo, a mediados del año 1906.
Oriundo de España, de las bellas campiñas de Andalucía, llega al país el 04 de octubre de 1889. Hoy es uno de esos viejos criollos que a pesar de reconocerse argentino bajo todos conceptos no ha querido obtener la carta de ciudadanía argentina, no porque la menosprecie ya que dice que es argentino de corazón, sino porque hacerlo sería una traición a la tierra que lo vio nacer. Como puedo negar que soy criollo, nos dice, si el 4 de octubre último he cumplido 50 años de estadía en el país, creo que esto y mis 12 hijos argentinos son mi mayor carta de ciudadanía.
La revolución del 90 lo encontró en Córdoba, de donde pasó a Reconquista (Santa Fe), allí permaneció hasta el año 1904. Entusiasmado con comentarios de distintos compatriotas, que hablaban del Chaco como el mejor lugar de la Argentina para hacerse en breve tiempo “la América”, decide probar fortuna y dirigirse a esas regiones. Y así como el 12 de junio de 1904 lo vio llegar a un paraje cercano a Resistencia llamado “La Palometa”, en donde traba amistad con don Plácido Alonso y don Manuel Martínez, quienes lo entusiasman con la idea de internarse hacia el norte, con el objeto de poblar el corazón mismo del Chaco.
De paso por las Selvas del Río de Oro, encuentran a varios colonos italianos entre los que conoce a la familia Pentenero que al año siguiente habría de seguirlos. El viaje fue penoso, pues había que atravesar esteros, riachos y montes impenetrables, venciendo obstáculos de distinta naturaleza, que no solo se oponían al paso de sus espíritus indomables, sino a la carga de enseres diversos, mercaderías y ganado que llevaban.
Como todos los pobladores que vinieron más tarde, no se ubicaron al llegar a la zona de El Zapallar, en el lugar que hoy ocupa el pueblo, sino en la parte sur del llamado Campo Fecchio.
Conversando con don Fernando Carrasco, sobre el origen del nombre El Zapallar, manifiesta ser partidario de la tercer teoría y dice: “Debemos agradecer que nuestro pueblo se llame “El Zapallar” y no “El Porongal”, como debía habérsele denominado, ya que la cantidad de porongos que poseían los indios era considerable y los nombres que en esa época se ponían era derivados de cualquier hecho simple que han quedado hasta la actualidad para no borrarse jamás. Así por ejemplo el nombre laguna “El Tigre”, proviene del hecho de haberse matado en su orilla a uno de esos animales y el paraje denominado Rincón del Chancho a dos leguas al oeste de El Zapallar, se originó en un hecho similar, pero para citar otro ejemplo, veamos lo referente a la laguna los Porongos. En esta laguna solían haber grandes cantidades de patos, que eran codiciados por los indios por su carne exquisita. Para cazarlos idearon un ingenioso procedimiento, consistentes en cortar varios porongos que echaban al agua con el fin de que las futuras víctimas se acostumbraran a verlos flotar en la superficie, acompañados del vaivén que les imprimía el viento, una vez conseguido su objeto, los indígenas introducían su cabeza en un gran porongo con dos agujeros a la altura de los ojos y sumergiendo su cuerpo en el agua, confundían la cabeza con el resto que allí flotaba. Los patos que no sospechaban esta original trampa, eran tomados por las patas y sumergidos en el agua, donde el indio los mataba sin producir el más leve ruido. De su cintura pendía una cuerda o bolsa donde iban colocando las distintas presas que mariscaban.