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Capítulo III

Capítulo III
 

Actuación del 7mo Regimiento de caballería de línea
 con su aporte de progreso y sus páginas de historia

 

Reseñar aún cuando sea en una modesta biografía, que tiene las pretensiones de tomar los hechos a vuelo de pájaro, la historia de los esforzados colonos de esta parte del territorio argentino y no mencionar la acción de indiscutible eficacia llevada a cabo por los regimientos de la zona, sería cometer un error imperdonable ya que su acción fue siempre paralela al progreso. Por otra parte no deja de tener cierto incentivo e interés, el referir hechos que a todos los argentinos interesan y que si no se toman en la actualidad de testigos y presenciales, caerán irremediablemente en el olvido.

El ejército argentino cumplió en estas regiones una etapa gloriosa e ignorada en su mayor parte, no precisamente en la campaña que realizar contra los indios, sino en la obra colonizadora que efectuara, al abrir caminos, picadas, vías de comunicación en fin, con sus puentes seguros y sus fortines escalonados como cinturón de garantía a los primeros pobladores.

¿Por qué no se dio en su oportunidad amplia publicidad a la obra mencionada? Porque la marcha sangrienta que enrojecía las aguas del Bermejo y se reflejaba en el azul y blanco de su cielo, como manto purpúreo de vergüenza cubría a algunos de nuestros bravos pero crueles comandantes, mancillando en esa hora el honor de nuestro ejército. La campaña contra lo indios fue más que una campaña cruel; fue salvaje e inhumana hasta empalidecer las atrocidades indígenas, cometidas al calor del odio y la venganza. Y como si fuera para ejemplo del futuro o se sembrara la mala semilla que dice: “el fin justifica los medios”, se pisotearon las leyes y se midieron los hechos con la vara arbitraria de la injusticia. Nada podría tener más actualidad ahora, que esta vieja campaña de atropellos, al comprobarse que parece querer reencarnarse en la flamante Gendarmería Nacional, la única diferencia estaría en las épocas y finalidades perseguidas, según podemos ilustrarnos en la multitud de publicaciones que en estos días se han hecho. Para transcribir una, tomaremos un artículo publicado en el diario “El Territorio” de Resistencia, de fecha 06 de noviembre de 1939, en el que se alude a una supuesta desviación de Gendarmería Nacional y cuyo título es: “El suelto de nuestro colega “La Mañana” que habría precipitado el asalto”.

“A juicio del director de nuestro colega “La Mañana” de Pcia. Roque Sáenz Peña, cuya imprenta fue destruida en la noche del martes por ocho sujetos armados que manifestaron representar a la Gendarmería Nacional, el suceso ha tenido origen en la trascripción de las informaciones consignadas en “El Territorio” sobre las torturas infligidas al ciudadano José María Rodríguez, y el suelto que “La Mañana” publicó en el número del martes, cuyo texto es el siguiente bajo el título “La tercera campaña del desierto”. Dice: “La tradición del Ejército Argentino es eminentemente democrática, con raras excepciones de algunos militares que apoyan campañas imperialistas, satisfaciendo requerimientos de los grandes “Trusts”, la oficialidad de nuestro ejército ha llenado cumplidamente los mandatos que informan su existencia.

“No obstante, creemos que América, sobre todo la del Sur, utiliza sus fuerzas militares en muchas cosas para solventar materialmente motines y movimientos sin calor popular.

“No necesitamos mencionar países ni fechas, es un lugar común la realidad motinesca sin trascendencia de cambios radicales.

“Pero cuando las fuerzas militares adquieren el carácter de inminentes defensores, la tradición se hace gloriosa y la actuación presente y futura promisoria.

“No podemos negar estas bondades de tradición en nuestro país, al ejército que junto a la  fuerza bien empleada ha llevado la consigna de levantar pueblos y colonizar campos.

“En nuestro medio, esta tradición adquiere el brillo de una página magistralmente escrita. El regimiento cumplió con los imperativos humanos y culturales; fundó pueblos, organizó colonias y distribuyó generosamente las tierras.

“El clarín de todas las mañanas fue siempre un canto de promesas extrañas; y junto a la naturaleza salvaje y hostil muchas veces, comenzaron a entonar los niños los cantos de la Patria.

“Y como si fuera ya la reafirmación de un presagio, el arado fue respondiendo con el progreso el eco de los cañones occidentales…

“Juan B. Justo, desde su diputación, clamaba por la organización de colonias, por el establecimiento de extranjeros y por la pacificación de los espíritus…

“1912… Sobre el horizonte perdido de un lejano rincón argentino, se elevó el canto de estremecidos pechos que se agitaban por levantar sobre los surcos las plantas bienhechoras…

“1939… Colonias de florecer soberbio por doquier; olas numerosas, racimos apiñados de promesas y paisajes desconocidos llegaron con las cabezas rubias y los ojos celestes de los inmigrados.

 “El desarrollo de una influencia novelesca y real a la vez trajo de nuevo al Ejército a los pueblos.

Pero la obra de su tradición parece amenguarse con una incomprensión de finalidades…

 “La libertad que canta nuestro himno y los derechos individuales son factores poco decisivos para contener estos errores; las disposiciones procesales son despreciadas y por sobre todo el terreno de la legalidad se elevan las torturas corporales que la Asamblea del año XIII despreció…

“Cuando el precio de la tranquilidad, se eleva a tanto monto, no podemos justificar esos afanes…

“Esta campaña al desierto de la Gendarmería Nacional, parece decirnos, que los indígenas de Rosas y Roca todavía campean salvajemente el escenario de nuestro territorio”

Para aclaración de los lectores que quieran profundizar los hechos que se mencionan en el artículo transcripto, recomendamos la lectura de los artículos publicados en el diario “El Territorio”, con fecha 9 y 13 de noviembre de 1939 y la transcripción que se hace del mismo, de su colega “La Capital” de Rosario con el epígrafe “Empezó a actuar la Gendarmería”.

Después de todo lo dicho y antes de seguir adelante con lo que atañe a nuestros apuntes, debemos hacer votos por que Dios ilumine el sendero de quienes empuñan las armas con el fin de conquistar una patria de trabajo, bienestar y progreso cimentadas en las bases magníficas de la paz y la libertad que canta nuestro himno y asegura nuestra constitución.

 

Los aborígenes, como hemos dicho en otra parte, eran dóciles y buenos, jamás atacaron a los colonos indefensos, ni siquiera su presencia llegó a atemorizar a los pobladores, cuando la indiada se acercaba al rancho de un colono, delegaba su autoridad en dos o tres emisarios que partían a saludar al poblador y cambiarle generalmente algunos alimentos por un puñado de yerba, azúcar y un pan para el cacique. Efectuado el trueque se alejaban agradecidos y el colono quedaba tranquilo, pues sabía que la indiada jamás volvía. Era pues innecesaria esta persecución contínua que los diezmaba como a animales salvajes que había que cazar y matar en donde se encontraran, el fin perseguido era la exterminación de esa raza “maldita” de “argentinos nativos”.

Tarde se dio cuenta el gobierno de la mala actuación emprendida y al comisionar al capitán Solari para enmendar su yerro, solo hizo pagar con la vida de un valiente soldado, el crimen alevoso cometido en esos seres a quienes solo se les podía culpar, el error de haber nacido indígenas.

De las cuatro unidades del ejército, creadas en esta zona nordeste de la República, correspondió a Presidencia Roca el 7 Regimiento de Caballería de línea. Su actuación está matizada por variados episodios que, como se verá asumen carácter de novela. Referidos a don Antonio Arca, actor presencial de muchos de ellos, nos traen la sensación de la realidad y el sabor de los hechos inéditos.

Daba comienzo el año 1912, cuando se presenta a hacer el servicio militar en la ciudad de Resistencia don Antonio Arca. Destinado al 7 de Caballería de Línea con asiento en Roca conjuntamente con otros conscriptos recibe una ligerísima instrucción militar que apenas los habilita para cargar y disparar el máuser y la orden de marchar hacia el punto de destino. Y es aquí donde se presenta una ironía curiosa: los 210 hombres que pertenecen a un regimiento de caballería deben realizar el trayecto a pié.

Prueba de fuego para los noveles servidores  de la patria, más de 250 kilómetros con toda suerte de obstáculos deben vencer. La orden de marchar hasta encontrar las avanzadas que preceden  en la marcha y que ellos conocerán por los tachos y enseres que llevan para cocinar.

Los hombres se posesionan de un espíritu superior, parece que hubieran bebido el tanino de los quebrachos que dejan al paso. Los carros que llevan las armas no avanzan en un estero; cruzan delante doscientos soldados y tirando todos a una de una gruesa soga, lo arrancan por así decirlo, en un supremo esfuerzo. Aquí y allá huyen los monos y toda suerte de alimañas, sorprendidos por los golpes sonoros del hacha que abre la picada en la selva milenaria, es un tajo al corazón del Chaco, que lo mira a lo lejos como una enorme boca abierta en un gesto de indescriptible sorpresa.

Nueve días emplean para efectuar el trayecto, verdadero récord que quizás aún no haya sido batido. El espíritu de la tropa es inmejorable, y el jefe, el mayor Marcos Ermelo, tiene gestos que ganan el corazón sufrido de los soldados. Se han recorrido 30 leguas, acampan en un ranchito con pretensiones de destacamento policial, en un lugar cercano al que hoy ocupa El Zapallar. Hay 100 litros de vino y 2 mujeres, el mayor Ermelo ordena que se realice un baile y es así como el 7 Regimiento de Caballería de Línea olvida sus penurias pasadas y levanta su ánimo admirable hacia la consecución de nuevas jornadas.

Al poco tiempo de llegar a Presidencia Roca,  ya se ponen en contacto con los indios. El indio teme y odia al soldado, lo teme por la puntería con que maneja las armas de fuego y lo odia porque injustamente lo extermina.

El jefe del Regimiento, Teniente Coronel don Mariano Araoz de Lamadrid, nieto del General Lamadrid, da el ejemplo a sus soldados. Cierta vez, cuenta el testigo presencial José Caja, el teniente coronel Lamadrid con su pequeño contingente de tropa, se dirige a inspeccionar un fortín. Se interna en una picada llevando entre sus hombres a un sargento Araujo, muy conocedor del terreno y de las costumbres de los aborígenes. Esta picada desemboca en una abra amplia, en la que penetran breves instantes después haciendo suspender la marcha. El sargento Araujo se acerca con todo respeto a Lamadrid y le manifiesta que este es un lugar que considera peligroso para pasar la noche; el jefe desecha sus temores y se dirige a tranquilo a su tienda de campaña. No obstante ello, Araujo husmea los alrededores con esa nerviosidad propia de los sabuesos de caza y que solo consigue apaciguar cuando trae la noticia que se acercan cuatro indios armados. El comandante de la pequeña patrulla ordena que se los deje pasar sin hostilizarlos. Los indígenas desembocan en el abra, atraviesan esta a cinco metros escasos de la primer tienda de los soldados y se dirigen hacia el otro extremo de la misma… Lamadrid sigilosamente carga su arma y dispara contra uno de los que acaban de pasar. El tiro ha sido certero y yace retorciéndose en el suelo, cuando un segundo disparo confunde el alarido de la nueva víctima con el eco del primero. Los dos restantes huyen despavoridos mientras dos nuevas descargas del arma magistral de Lamadrid, se ensañan con el silencio de la noche. El último indio que ha caído con un balazo en la nuca, ha dejado su cadáver a 300 metros del que hace gala de tan asombrosa puntería. Los nuevos soldados interrogan al jefe  sobre el destino de los cadáveres, este explica: no extrañen el procedimiento, aquí tenemos un solo archivo para guardar a estos salvajes; carguen a los cuatro bien acollarados, los llevan a la laguna que dejamos al entrar a la picada y lo tiran de manera que queden debajo del embolsado, las palometas se encargaran de volverlos a la nada.

Más tarde se supo que los cuatro indígenas muertos eran espías del cacique Coyoaiquí.

Estos hechos que se sucedían a diario acarreaban, como hemos dicho, el odio constante de los aborígenes hacia los soldados y de aquí el que estos pasaran en muchas oportunidades situaciones verdaderamente difíciles. En determinada época tal era el temor que se sentía en los fortines, que el comando suspendió el santo y seña con que se contestaba  a la orden de alto a los centinelas y que consistía en la cita: “San Martín”, ordenando que se hiciera fuego contra cualquier persona que se acercara pasadas las ocho de la noche. A raíz de esta orden, nos pasó en cierta oportunidad, un caso que nos puso los pelos de punta y que pudo traer graves consecuencias, terminando en forma trágica, nos dice don Antonia Arca. Hacía poco tiempo que me habían ascendido a cabo primero, cuando me enviaron a Fortín Irigoyen, en donde debí hacerme cargo de este hasta tanto enviaran el reemplazante del teniente Alonso que había sido enviado en comisión.

En total, los que defendíamos el fortín no pasábamos de quince, de ahí me constante temor de ser sorprendido por los indios durante la noche. Hacíamos guardia en dos turnos de siete conscriptos por vez, mientras unos estaban en las trincheras los otros dormían; por mi parte me era imposible conciliar el sueño, pasándome la noche en constante expectativa; recién al otro día descansaba, cuando la fatiga me vencía. En un momento dado, en que empezaba a caer una finísima llovizna, sentí compasión de mis compañeros que estaban en las trincheras y los llamé junto al fuego en que comenzaba a hervir el agua preparada para unos mates. De pronto, a dos metros escasos de donde nos encontrábamos, aparece un hombre a caballo. Todos a una mis compañeros dan un paso atrás y montan las armas dispuestos a hacer fuego de acuerdo a la consigna; por mi mente pasó como un relámpago un sencillo razonamiento y di la orden de alto. Ese hombre parece herido les grité, desmóntenlo y veamos. Los soldados, tomando al sujeto en cuestión, lo acercaron a la luz del fuego y cual no sería su sorpresa al comprobar que éste era el doctor Power, en completo estado de ebriedad.

Contestando luego a una pregunta de los soldados, sobre por qué di la orden de no hacer fuego, les dije son cosas instintivas que a veces se nos ocurre, además de que pensé que se el recién llegado hubiera tenido no se hubiese acercado tanto hacia nosotros. Luego nos dimos cuenta que se había hecho con esa tenaz y persistente llovizna, no sentíamos las pisadas del beodo.

Y para finalizar este episodio, agregamos que en realidad muy poco lo duró, al doctor Power la alegría de haber salvado la vida en una forma tan milagrosa, pues a los dos o tres meses era encontrado muerto al pié de un árbol, donde según parecía había llevado a cabo la última de sus cotidianas borracheras.

El conscripto de la calle doce es quizás el más padecido de estos territorios y el que arrojara el más alto índice de mortandad aún cuando el gobierno lo negara. Las penurias pasadas fueron a veces incontables; mientras unos entregaban sus energías o su sangre al altar noble de la patria, otros arrastraban la existencia miserable en los fortines lejanos, donde carecían de los más simples alimentos.

A mediados de 1912, se comenzó la célebre picada que llevaría el nombre de Sáenz Peña, en honor al presidente que había ordenado su construcción. Esta picada tenía de catorce a quince leguas de largo, por doce metros de ancho.

El 6 de caballería con asiento en Salta comenzó los trabajos al mismo tiempo que el 7 de Caballería con sede en Roca. Uno en cada extremo se fueron acercando al centro, hasta que los hachazos de uno eran contestados por el sonido de los del otro.

En tanto, algunos de los treinta conscriptos que desertaran impulsados por el hambre, del fortín Lavalle con sus armas y bagajes se presentaban en Roca en un estado realmente lastimoso. Es una historia macabra, la que cuentan estos sobrevivientes. El fortín Lavalle al mando del teniente M… se encuentra a treinta leguas al oeste de Roca y a una legua al sur del margen derecho del Bermejo; desde allí comenzó la odisea de los desertores; los que no perecieron agotados en un pantano, quedaron exhaustos en las sendas de los indios; total un festín para los cuervos, dueños y señores de estos cuerpos insepultos que merecieron un destino mejor o la mortaja de una bandera que les hiciera sentir el calor sublime de los inspirados por la patria.